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Folklore is memory. But, in contemporary society, it is also experience.

Whether folklore must remain unchanged and ensure the “authenticity” or must develop in keeping with the creations of his society has been an ongoing debate. Concern about “authenticity” is a moral imperative from a purist and romantic point of view. This angle is closely linked to idealization (nationalist, regionalist, parochial). Folklore is conceived as a timeless aesthetic expression of tradition. Yet, while the search for stylistic “authenticity” might stimulate the memory of community life, the purist approaches distance this music from its popular essence, from its ability to connect people through collective emotion.Batalla por el folclore

David Prieto

 

De la Puríssima
2009 / 2019
Saber morir con dignidad

Hay un momento de nuestra vida –dice el poeta Hugo Mujica– en que nos sentamos frente a nuestra propia vida y nos preguntamos si daríamos la vida por esa vida que llevamos, y entonces la besamos o la escupimos. Hace algo más de una década, Julia De Castro se sentó ante sí misma y se escupió. Acaso, incluso, se abofeteó. Se encontraba en Londres, cansada de ser prudente, de elegir ‘bien’, de no decir lo que sentía, de reprimir un profundo deseo por lo masculino, de esperar, siempre con recato, a ser conquistada. Todo lo que venga, se dijo, lo voy a probar. Sin filtros. Sin límites. Sin toda la pesada educación selectiva que cargaba desde su infancia y adolescencia en Ávila, postergando una vez más, día tras día, su presente. Hablamos, desde luego, de sexo y también de amor. Hablamos del cuerpo. A la cultura –sin jamás desdeñarla–, Julia de Castro antepuso entonces la sabiduría, como la entendía Cioran: la apertura a sufrir dignamente la humillación que nos infligen nuestros nueve agujeros. Ella suele recordar aquello con una frase que a los periodistas les valía un titular: «Voy a follarme a todo lo que se me ponga delante, me dije. Fue una autoterapia para acabar con tanta represión». Detrás de ello, latía no obstante el dolor –sin dolor, no hay valentía– de una mujer que aceptaba la primera de sus muertes y el reto aún mayor de recomponerse, virgen de todo lo que estaba por venir. Precisamente entonces empezó a componer.

Como unas cosas llevan a las otras cuando se vive a tumba abierta, tomando religiosamente por bueno todo lo que ocurre, a su regreso a Madrid, De Castro conoció a Miguel Rodrigáñez, uno los mejores músicos y contrabajistas de este país, y tras una impro entre los dos nació en 2009 De la Puríssima, el crucial e inclasificable proyecto escénico y musical con el que han reactualizado el cuplé, reinventando su forma en clave de jazz, y que hoy cierra una inspiradísima década y ritualiza su exhalación. Esta noche Julia de Castro asume en directo su segunda muerte, que cierra el periodo que la anterior abrió. Esta noche, sin embargo, aquí en Madrid, a diferencia de lo ocurrido en Londres, Julia besa a Julia, con pasión y gratitud, sabiendo que hoy sí daría la vida por la vida que lleva, pero asumiendo, sin autoindulgencia, la importancia de saber morir con dignidad, consciente de que, como un antiguo proverbio indica, el tiempo se venga siempre de lo que hacemos sin él: «El cuplé –dice– es un género erótico, juvenil, que a los 35 ya no tiene sentido. Como un deporte de élite, requiere estar explosiva. Más que dejarlo yo, el cuplé me abandona a mí. De la Puríssima ha sido la transición de la juventud a la madurez».

Esta misma relación con el tiempo es, de hecho, una de las cosas que más impactan de De Castro en escena: su capacidad y temple para habitar el tiempo, instalarse en él y darlo a sentir, a veces sólo con el silencio y la quietud, haciéndole lugar, creando el espacio para que lo sentido –el placer, la incomodidad o el misterio de estar aquí, ahora mismo, respirando juntos, en un sitio a oscuras, en torno a unos intrumentos a los que arrancamos sonidos, diciéndonos cosas que buscan expresar lo que no siempre es expresable– pueda brotar como una enigmática flor tras superar al fin todas las capas del ruido con las que vivimos silenciándolo. De Castro nunca tiene prisas ni se precipita en escena. Abierta y presente como un regalo desenvuelto, concentra todas las miradas y nos devuelve al asombro, a la intemperie más básica y elemental. Tumba el decorado del mundo y nos recuerda como mamíferos interrogantes cargados de un deseo que nada puede saciar, buscando, entre el cielo y la tierra, la única comprensión posible: «¿Comprender? –parece preguntarse con Fassbinder–. Todos queremos ser besados. ¿Qué más hay que comprender?».

Casi podría decirse por ello que las dos improntas de De Castro y De la Puríssima son –una, semántica– hablar del placer de la mujer y –la otra, sensible– dar a sentir el tiempo. Y hablar del tiempo, ya desde Platón, es siempre hablar de la muerte, lo cual implica, a su vez, hablar de la vida, a la que la muerte –algo que solo presencian los vivos– siempre alumbra, dándonosla literalmente a nacer de nuevo cuando, por la costumbre, la dábamos por sabida. De Castro confirma en actos –con su propio cuerpo, no de boquilla– que la muerte, en términos ontológicos, no es, pero esencia. Espolvorea, al irrumpir, sobre los vivos el brillo de lo que está siendo siempre primero y último, único, potencialmente maravilloso en tanto asumamos un final con la misma naturalidad con la que aceptamos respirar. De ahí por ello esta bendita exhalación tras una década prodigiosa, imposible de sintetizar en estas líneas, pero de la que cabe subrayar al menos cinco hitos: Virgen, su primer disco, autoeditado en 2015, sin mánager ni discográfica ni agencia de contratación en una libertad insólita que les ha permitido una expresividad genuina y reconocible; el soberbio tetraclip José Alfredo, dirigido por Eduardo Chapero-Jacskon y protagonizado, junto con los miembros de De la Puríssima, por Bárbara Lennie, Javier Rey y Ceesepe, entre otros; Anatomía de una criminal, una docu-ficción radical, explosiva y trasgresora sobre los límites entre el arte y su representación, dirigida por Javier Giner; el desembarco del grupo –con el cuplé por delante– en el Festival Internacional de Jazz de Barcelona, y el gran concierto de 2017 en el Teatro de La Zarzuela, donde, bajo la dirección escénica de Rafael R. Villalobos y con la participación del Cuarteto Quiroga y la Orkesta Mendoza, De la Pusríssima logró, entre otras cosas, que sonara música electrónica pura en la casa por excelencia del género chico por primera vez en sus más de 160 años. Esa noche adelantaron, a su vez, parte del material de su nuevo disco, Sonora, grabado en México, de inminente aparición. A estos dos únicos discos, se suman el EP de edición limitada Cuplé 16 minutos y 48 segundos sagrados, creado para la edición P de la revista Matador, y las grabaciones de cuplés tradicionales y canciones napolitanas: Criminalmente bella; Que no, que no; Las tardes del Ritz; Con una falda de percal planchá; La chica del 17, y El relicario, clásicos maravillosamente reversionados en el repertorio inicial del grupo.   

Julia de Castro hizo así en De la Puríssima lo que antes en su vida: verbalizar lo silenciado, poner el cuerpo donde antes sólo la mirada, vivir y hacer vivir lo reprimido, legitimándolo. Hizo, en definitiva, lo que ya habían hecho las cupletistas de principios del siglo XX, las primeras performers, en los teatros de variedades: construir sus creaciones a partir de los tabués de nuestra época. En una cultura que consagra la sustitución de las cosas por su imagen y la construcción de un simulacro de inmortalidad sin tiempo ni muerte, Julia De Castro y De la Puríssima han puesto en el centro de su escena cuatro tabués –el cuerpo, el tiempo, el dolor y la religiosidad– enhebrados por un cuarto, el más amenanzante para la sociedad actual y, como decíamos, el central en la creación de De Castro: el placer de la mujer. 

Prueba de ello, sostiene provocadoramente De Castro, es la negativa actual a pensar cabalmente y regular la prostitución, que sigue siendo arrumbada, en una generalización simplista, al campo de la criminalidad. De ahí, su más reciente trabajo, La retorica delle puttane, publicado por La Fábrica, cuya tesis principal sostiene que la prostitución es siempre voluntaria; lo demás, esclavitud, explotación sexual. El solo concepto de que una mujer pueda elegir la prostitución como su oficio con el mismo placer por el que alguien elige ser ingeniero no es ni siquiera una idea pronunciable, cuando en rigor es una realidad silenciada, entre otras cosas, para eludir la responsabilidad social de reconocer a las trabajadoras y trabajadores del sexo sus derechos laborales: reconocérselos sería no sólo legitimar su existencia y su trabajo, sino reconocer a su vez las grietas de un sistema de creencias basado en la monogamia, la familia, la represión, la doble moral y todo lo que gran parte de las personas dicen defender, pero que en actos sabotean. Lo único socialmente aceptado es que ese tipo de sabotaje clandestino del sistema que supone una libertad sexual vivida con plenitud solo puede ser asumida en los márgenes de la realidad y al riesgo de que, en el caso de salir a la luz cualquier acto políticamente incorrecto, ha de ser penalizado con un resultado que se repite: la criminalización del tema, sin matices. Chulos, explotación, extorsión, violencia, esclavitud… La búsqueda y necesidad del placer –tanto del hombre como de la mujer–, la necesidad de un caricia, del contacto de otra piel que generan, alimentan y explican la prostitución desde su origen jamás son mencionados. En un tiempo en el que el eslabón más débil de la cadena social ya no lo encarnan únicamente las personas pobres, sino las solas, el placer –con todas sus implicaciones psíquicas y vitales– sigue siendo uno de los grandes tabués de nuestra época, como lo es también, en esta misma dirección –aunque sin una intención de establecer una correlación directa–, el suicidio: en España se quita la vida una persona cada dos horas y media. Diez al día. Es en este multifactorial y complejo contexto en el que Julia De Castro y De la Puríssima han abordado de lleno el placer, sin superficialidad, también sin acartonamiento, aunque sí con desenfado. De Castro nunca eclipsa lo que duele ni lo frivoliza. Tampoco profana lo sagrado: sus soberbias letras devuelven, por el contrario, su carácter sagrado a lo que otros han tachado de profano. Fue, de hecho, su propio cuerpo el que la llevó a lo más hondo de su espíritu, que, como en todos, cuando se es honesto, toca el de los demás. «Desde aquí –subraya ella– no se dan lecciones. Yo sólo expongo lo que he vivido».

Es esta misma altísima exposición personal la que ha sostenido y sostiene el concepto de la escena que ha sido y seguirá siendo clave para ella: el arte acontece siempre al borde del desastre, o no sucede. No es un show, no pertenece a la sociedad del espectáculo y, aun más, la denuncia. Su arte nunca es formal. No busca parecerse a algo. En ella, la forma, como quería Victor Hugo, es siempre el fondo en la superficie: una energía, una pasión, un dolor que para aparecer en el espacio compartido se cristaliza irremediablemente en formas, más que elegidas, asumidas. En ella la creación estalla, como una hecatombe que los demás no podemos ver, como algo que no elige ni espera, y que cuando irrumpe en su vida jamás le plantea un problema formal –qué puedo hacer yo con esto–, sino que apenas le deja espacio para la sumisión: qué hace esto conmigo. Una vez reconocido, lo asume y lo comparte.

«Cuando salgo al escenario –ha dicho siempre– salgo a morir. Sin esa sensación de ir a muerte no podría actuar». Para los incrédulos, una anécdota de entre tantas de sus actuaciones, auténticas performances, rescatada por Ana Folguera en Matador: «En 2010, De la Puríssima ofreció un concierto en el club de jazz Le Swing de Madrid. Cuando Julia iba a cantar el último tema se hizo un silencio helado entre las sillas. Sostenía un enorme cuchillo y, diciendo la frase ‘esta noche Madrid se queda muda’, en alusión al inminente cierre del club de jazz, se hizo un corte en la lengua». No es, sin embargo, este tipo de flirteo con el peligro el que más impresiona y conmueve en ella y al que siempre se ha expuesto en escena, como al interpretar Hombre y pulso, mientras Nacho Machos, lanzador de cuchillos, le arrojaba sus puñales contra un retablo. Incluso más fascinante y perturbadora que su desnudez corporal, ha sido siempre (con perdón) ‘la obscena exposición de su alma’ o como resulte hoy cool llamar a ese espacio en que se cumple puntual y continuamente nuestro asombro de ser a cada instante el mismo que ya nunca vuelve a ser el mismo en un cuerpo que no pedimos habitar y en el que de pronto, sin habernos llamado, un día estuvimos para recibirnos, como suele decir también Hugo Mujica. Más que una muerte o un final, este paso de De la Puríssima es también por ello un continuar naciendo, la exhalación previa a una nueva inspiración, confiando en que la creatividad no es una manera de comprendernos ni de comprender nada, sino la manera más radical de seguir dejándonos crear.

Cuenta Juan Eduardo Cirlot que la muerte, en la antigüedad, era ante todo el fin de un periodo, especialmente cuando surgía como sacrificio o deseo propio de destrucción, por efecto de la tensión excesiva. El héroe –dice– muere joven por la misma razón. La necesidad pública de un sacrificio de esta índole motivaba incluso la muerte ritual. La mors triunphalis o muerte heroica, de origen no bien definido, pero perfectamente presente en Roma, es la idea de que el héroe se asimila al iniciado. Es una vía directa de sublimación y no solo dimana del sacrificio aceptado, sino del servicio a las fuerzas espirituales.

Además de un réquiem celebratorio, esta noche se funda tal vez, por ello, una hagiografía. En su sentido etimológico, Dios significa ‘luz diurna’: aquel milagro cotidiano que, antes de la electricidad, nos salvaba de la oscuridad y definía y revelaba las formas, los perfiles, los colores, el entorno, a los otros y a la propia luz como un baño de gracia sobre los seres y las cosas. Todo dios, y toda diosa, son así, si nos permitimos la licencia, la luz que revela aquello que sin ella no podríamos ver. Auténtica deidad castiza, Julia De Castro ha revelado en la reciente década un Madrid que, sin su luz, no habríamos visto como su gracia nos lo regaló. Al igual que la Movida en los 80, De la Puríssima ha marcado a fuego los años 10 del siglo XXI en Madrid y, para muchos, se suma ya a los patronos de la ciudad.

A la manera del tiempo, acaso también la muerte se venga de lo que hacemos sin ella. Cabe rogar, por ello, como sugería Rilke: «Señor, concede a cada cual su propia muerte». A De la Puríssima le ha sido concedida, tal vez porque amó mucho la vida, en toda su complejidad y aterradora maravilla, con auténtica y literal pasión. Muere, pues, con dignidad quien con dignidad ha vivido.

Diego Bagnera
2019

 

Batalla por el folclore David Prieto 

Porque el folclore es memoria pero también, en la sociedad contemporánea, sigue siendo vivencia.

Es un debate recurrente si el folclore debe mantenerse inalterable y velar por la ‘autenticidad’ de la tradición, o puede evolucionar en consonancia con la sociedad que lo produce. Desde una aproximación ‘purista’, ligada a la idealización (nacionalista, regionalista, localista), la preocupación por la “autenticidad” resulta un imperativo moral. El folclore se concibe como expresión estética atemporal de la tradición. Pero, si bien la búsqueda de la ‘autenticidad’ estilística puede resultar un ejercicio rico de memoria sobre la vida colectiva (una riqueza histórico-etnográfica) los acercamientos en forma de ritualización purista alejan a esta música de lo que siempre ha tenido de popular, de emoción colectiva capaz de conectar a las personas.

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